Textos para padres
Este espacio fue pensado para acercarle a padres, docentes y directivos una serie de textos elaborados por el Lic. Miguel Espeche, que abordan temáticas de interés respecto a la relación entre padres e hijos, con una mirada positiva e íntimista.
El Lic. Espeche es psicólogo, especialista en vínculos familiares, responsable del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano y trabaja junto a otras entidades en la temática de la relación entre padres e hijos. Además es columnista habitual de la Revista Sophia. Desde 2004, el Lic. Espeche es el asesor principal del Programa Vivamos Responsablemente, y junto al Dr. José Eduardo Abadi delineó los contenidos del programa y el enfoque de promoción de conductas valiosas para prevenir situaciones de abuso. Ambos capacitaron al equipo de facilitadores que da las charlas en los colegios.
En la actualidad el Lic. Espeche es el coordinador de las reuniones quincenales del equipo de facilitadores y brinda charlas para padres en escuelas, clubes y otras instituciones en el marco del Programa.
La adolescencia no es una enfermedad
Los adolescentes no son un problema, por más que puedan tener problemas. Esto viene a cuento respecto de lo que se da en llamar “el problema adolescente”.
La adolescencia es una lindísima época de la vida y, reiteramos, no es un problema en sí misma. Cifrar a esta etapa de la vida como solo un tiempo de conflicto y riesgo no aporta demasiado a la hora de ayudar a los jóvenes a encontrar su lugar en el mundo y sentir que su vida tiene un significado y un valor.
Es importante entender que esta costumbre de llamar “problema” a todo hecho vital que genere un poco de movimiento, es algo muy perturbador, por más que, a veces, de tan acostumbrados que estamos a ese tipo de abordaje, no nos percatemos del daño que hace al marcar subliminalmente que la pulsión de la vida es algo “malo” y que mejor sería habitar una paz mineral, antes que vérnoslas con la energía que despliegan los niños y los jóvenes, energía que hay que encausar, con firmeza de ser necesario, pero nunca suprimir.
Valores como recurso eficaz
Dado que los problemas y los peligros parecen ser algo inherente a la vida (de hecho, en ciertas culturas muy desarrolladas, hasta la ausencia de problemas es un problema), lo sensato es encontrar los recursos y generar las fortalezas para atravesar aquellas dificultades y riesgos que se crucen en el camino.
Es algo parecido a lo que ocurre con el organismo y los microbios (virus, bacterias). Si bien es positivo combatir los microorganismos que nos hacen daño, es más redituable fortalecer el organismo con una sana alimentación, conductas saludables, etc., lo que promueve un sistema inmune fuerte y dúctil ante los nuevos riesgos que aparezcan. Es imposible matar todo microbio potencialmente nocivo, pero sí es posible fortalecer el cuerpo para que dichos agentes patógenos no dañen de manera oportunista nuestro cuerpo.
En el terreno educativo, y de manera homóloga con lo que ocurre con el cuerpo, fortalecer el espíritu de los jóvenes y de la comunidad en la que viven, para que los “agentes patógenos” no los dañen, implica hacer foco en conductas y, sobre todo, en actitudes que consideramos valiosas.
Justamente, esas actitudes son valiosas porque son eficaces. Eficaces para promover lo que podemos llamar “inmunología anímica” , una inmunología que libera a las personas de los peligros que atentan contra su integridad.
Esas actitudes, entre otras, son la responsabilidad, la inteligencia, la alegría genuina, el conocimiento y la vivencia plena de las emociones, el reconocimiento de otro a través del respeto, la toma de conciencia respecto de intentos de manipularnos, etc. , actitudes que, desde hace milenios, se ha comprobado que ayudan a no caer ante los riesgos que aparezcan en el camino.
El Optimismo como inteligencia
El programa Vivamos Responsablemente surge de la idea de que, justamente, es la promoción de lo valioso lo que hace que lo que perturba o confunde pierda su lugar y su fuerza. Lo peligroso deja de serlo tanto cuando se lo vé a la luz del día. Se perciben las cosas con mayor claridad cuando los impulsos dejan su lugar a la conciencia y logramos “habilidad de respuesta”, que es una de las maneras de leer la palabra “respons-habilidad”.
Para que exista menos oscuridad, lo que vale es iluminar más o, si se quiere, poner la luz más en lo alto para que llegue más lejos y ayude a que cada uno encuentre su lugar y no tropiece con los obstáculos del camino. Se entiende que eso es mucho más eficaz que pelear contra lo oscuro, sobre todo, si recordamos que la oscuridad no tiene entidad propia, es decir: se define por ausencia de luz, no por “ser” algo.
Señalar siempre de manera obsesiva que los jóvenes tienen problemas, que están a la deriva, que viven violencias y excesos varios, aporta poco a la hora de tratar con ellos con afán de acompañarlos y ofrecerles sana referencia. Es describir su oscuridad, pero no es aportarles luz alguna.
Es pobre el aporte de este “descripcionismo” negativo de la realidad juvenil si a la vez no nos damos cuenta que en los jóvenes habita una fuerza vital a la que debemos agradecer su existencia (no asustarnos con ella) y si descalificamos el hecho de que la riqueza de pensamiento, sentimiento, deseos y sueños de millones de jóvenes rompe con creces el corsé del desencanto y la idea de que los chicos y chicas de hoy no tienen nada para aportar más que descontrol e irresponsabilidad.
Es significativo lo que les ocurre en su “back-stage” a los profesionales-facilitadores de Vivamos Responsablemente. Sin optimismos vacuos, sin deseos de adornar realidades, la vivencia que trasmiten dichos profesionales en la intimidad, tras las jornadas de charlas en los colegios a los que concurren, es la de una juventud llena de vida, incluyendo en esa vida los dolores y las dificultades que encuentran en su trajinar diario. Jóvenes que piensan, que generan cultura, que buscan trazar un destino digno, que anhelan tomar responsabilidades en el mundo o construir un horizonte para vivir sus sueños, sorteando la tentación de que dichos sueños se transformen en pesadillas.
No se niega con esto la hondura y complejidad de ciertas problemáticas, sobre todo a los referido al encuentro con la autoridad y el sentido de los límites o las dolorosas dificultades originadas en las condiciones económicas deficitarias, pero se hace justicia a que, dentro de esas problemáticas, hay sujetos activos de su propia historia, no solo victimas inermes ante un destino inamovible. De allí que se vive la tarea de promover la vida responsable como una tarea de optimismo, sabiendo que ese optimismo es una de las formas de la inteligencia.
Al hablar de los valores con los jóvenes, hablamos de energías de vida y las maneras de hacer que esa energía perdure, florezca y encuentre cauce para nutrir una existencia que valga la pena.
Los valores son lo que hace que la vida sea “buena”, no solo lo que evita que sea “mala”. Así pensados, así vividos, y así compartidos con los jóvenes, los valores se transforman en conversaciones vitales y significativas, dando lugar a intercambios singulares, no a decálogos de ideas para las cuales se aprieta “play” y se dice el discurso “correcto” del caso.
Ser adolescente no es una enfermedad. Esa es la buena noticia. La fuerza de la vida de los jóvenes busca su cauce, y la tarea de los adultos es ayudar a ese cauce, para que los sueños no se pierdan y sigan vigentes, y para que no sea la “realidad” desangelada de los problemas lo único que se nombre de la vivencia de los adolescentes con los que hoy compartimos el presente.
Lic. Miguel Espeche
Gozar la paternidad
El “problema adolescente”, “la problemática de los padres”, “ser padres en un mundo en crisis”, “el descontrol en los jóvenes”… el miedo y la preocupación aparecen cotidianamente y de manera permanente cada vez que se desea enfocar el tema de la crianza de los hijos. Es tanto lo que se enfatiza en los peligros y problemas que no nos damos cuenta de lo que este discurso negativo influye en nuestras maneras de ver la vida, manera que, a su vez, es la materia prima del ideal del mundo que le damos a nuestros hijos. La misión de los padres, en un contexto tan negativo, se aprieta en premisas de miedo y angustia, sin poder abrevar en otras fuentes que no sean las de la preocupación y el temor.
El dolor, el riesgo y la muerte han existido siempre. Los peligros, las zozobras e incertidumbres son innegables, aunque nunca, sin embargo, han sido motivo para dejar de sentir a la paternidad mayormente como una bendición, un aporte a la vida y no una instancia de peligro, angustia y …nada más.
Lejos está esta visión de la noción que cultivaron desdee siempre quienes veían al hijo como fuente de riqueza (¿el pan bajo el brazo?), entusiasmo, signo de la fertilidad de la vida y, en absoluto, como alguien que era solo una carga, un gasto o una fuente de preocupación.
Entre nosotros, habitantes del occidente globalizado, el “pan bajo el brazo” es la confianza y la luminosidad emocional que provoca el hijo, la energía que permite que los padres desplieguen y lo mucho que el acceso a la paternidad ofrece en cuanto a sentido de vivir.
El hecho de los padres permitirse sentir la fuerza de su rol, a su vez ofrece a los hijos un horizonte deseable, ya que al percibir que sus padres son algo más que un conglomerado de temores, los hijos se permitirán desplegar el deseo de crecer, sin miedo a ser engullidos por una maquinaria trituradora de sueños y deseos. De hecho, gran parte de los problemas que se perciben en lo que hace a la relación entre padres e hijos adolescentes, es lo poco entusiasmante que resulta la idea de que el adulto “se sacrifica” y no goza de la vida, al punto que, a veces, ni siquiera goza de su rol paternal ya que termina viendo sólo como un problema el tener que criar a sus hijos, sin tener conciencia del rédito que esto significa.
Es esencial tener en cuenta esta dimensión del vínculo entre padres e hijos a la hora de focalizar en los problemas puntuales que forman parte de la vida de muchos (no todos) los jóvenes, como, por ejemplo, la ingesta abusiva de alcohol, las conductas desaprensivas (sexualidad irresponsable, velocidad, transgresión,. etc), la glorificación del consumo de “cosas” para poder ser feliz (problema que comparten padres e hijos), entre otros.
Recrear las emociones esenciales ligadas a la paternidad, dejando de lado por un momento la idea de que la misma es un sacrificio que nos “quita” vitalidad y nada más, hará que sepamos dar a los chicos la bienvenida al mundo, y que nosotros, los grandes, nos liberemos del miedo que mucho sabe de “razones” , pero poco y nada de confianza y ganas de honrar la vida viviéndola en plenitud.
Lic. Miguel E. Espeche


